Vigilia en el puerto
Acerqué mis manos despacio a la orilla del pañuelo granate para comprobar que mi navío de corteza siguiera firme en su sitio. La penumbra de la noche cubrió por completo la repisa, dejando solo el brillo sutil de la cuenta de cristal reflejada en el espejo antiguo. Con mucho cuidado de no alterar el mástil dorado ni la vela curva de papel, me senté sobre la madera pulida y apoyé la espalda contra el marco tallado. Junté las manos en el regazo mientras contemplaba el barquito descansando bajo la tenue luz de su faro; todo está en calma para dormir.

