La danza de la sámara
Deslicé mis pasos por la manta del sofá hasta el suelo y me aventuré hacia el jardín comunitario, con ganas de respirar aire fresco. Sobre la grava tibia encontré una sámara de arce de doble ala, intacta y de un tono ámbar translúcido. La levanté con ambas manos maravillándome de la finura de sus nervaduras, casi como líneas de un poema vegetal. Con paso firme subí a una piedra cubierta de musgo y, alzando los brazos con una timidez alegre, la solté en el aire. La vi descender girando en espirales suaves como una bailarina callada hasta posarse junto a mis pies. Me quedé mirándola con una sonrisa ilusionada.
