El pequeño pino rodante
Empujé con curiosidad la puerta entreabierta del jardín y bajé los escaloncitos hasta el sendero de piedra. Entre las hojas húmedas encontré una piña de pino caída, abierta y perfecta, ¡igualita a un árbol de invierno en miniatura! Apoyé mis dos patitas delanteras en su corteza rugosa y la empujé con fuerza para hacerla avanzar. Rodó despacito sobre los adoquines frescos haciendo un crujido suave y dejando un caminito limpio en la tierra. Me senté a su lado con las orejitas bien atentas, sintiendo el aire fresco de la mañana.

