La guardia del cascabel
Subí con pasos silenciosos hasta la repisa de madera oscura al caer la noche. Cerca de una vela apagada hallé una pequeña campana metálica de latón, caída de lado y con su badajo suelto. No requería la fuerza del acero, sino la delicadeza de una guardia paciente. Con ambas manos enguantadas, levanté con lentitud la pieza y ajusté su base sobre la superficie lisa hasta dejarla en perfecto equilibrio vertical. Al soltarla, emitió un leve y claro murmullo dorado que selló la paz de la estancia.
