El hueco de paja

Me topé con un viejo espantapájaros desplomado entre los surcos de tierra. Su chaqueta de arpillera gruesa todavía retenía un tibio resto del calor de la tarde. Me acerqué despacio y apoyé mis manos contra la tela áspera, buscando las hendiduras rugosas hasta tocar la paja seca que asomaba por una costura rota. Me asomé a su ojo de lata abollado y no pude contenerlo: «¡Jé... he, he, he...!». Mi chirrido áspero vibró contra el cuerpo hueco del muñeco sin que nada en la penumbra me devolviera la mirada.

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