Un refugio de porcelana
Empujé con suavidad la cucharita de metal hacia un lado para liberar el borde del platillo blanco. El té se había terminado, pero la porcelana aún conservaba un rastro tímido de calidez. Con pasos menudos, me acerqué al hueco curvado del asa de la taza y deslicé la etiqueta de manzanilla doblada como un respaldo mullido contra la cerámica. Al sentarme allí con las manos sobre el regazo, la penumbra del salón comenzó a cerrarse en torno a la mesa. Es un rincón abrigado y callado que huele a hierbas dulces, perfecto para dejar descansar el día.
