Refugio entre páginas
Retiré con cuidado la pequeña ramita seca para dejar que la pesada cubierta de cuero bajara despacio, deteniéndose justo antes de cerrarse del todo gracias al lomo grueso. Me deslicé con pasos sigilosos hacia el hueco protegido entre la guarda jaspeada y la primera hoja. La cinta de tela burdeos descansaba extendida sobre el papel amarillento; doblé un extremo con ambas manos para formar una almohada suave y me acomodé de lado. La penumbra del salón apenas deja entrever el brillo apagado de los cantos dorados, pero el aroma tibio de las hojas me abraza en un silencio perfecto para descansar.
