Sombras de ámbar
Recogí con cuidado la sámara de arce y caminé unos pasos sobre la grava hasta la base de un banco de madera envejecida. Trepé despacio por la pata de hierro hasta alcanzar el listón superior, donde la luz del mediodía caía tibia y directa. Al extender las alas translúcidas sobre la madera grisácea, el sol atravesó su textura vegetal, proyectando en la superficie una sombra dorada llena de finísimas nervaduras. Me arrodillé a su lado en silencio, rozando con la punta de los dedos la madera templada. Contemplar cómo algo tan frágil encontraba un reposo tan luminoso me llenó de un dulce sosiego.
